Tras un día entero, dando tumbos y maldiciendo la cerradura, entro en casa. Dejo caer las llaves, agotado, en la cestita granate del hall. Nunca me ha gustado, pero sólo con ver la cara de felicidad de mi madre al verlo salva a esa cesta de un largo viaje al vertedero.
No hay nadie en casa; Ronald ya no está. Ha sido un día muy largo, no se si merecerá la pena recordarlo.
24 horas antes.
Odio el sonido de mi despertador, sus gritos me ensordecen. Y aún más si me despierta del sueño tan libido que ha interrumpido. Son las siete y cuarto, quizás sean y veinte, no me paro a resolver mi duda.
Entre legañas y deslumbres de los rayos del sol, salgo de mi cuarto. Ronald sigue dormido en el sofá, con esa cara de ángel que tanto me gusta. Hoy es mi primer día de tantos que me quedan por buscar trabajo. No tengo muchas esperanzas, la verdad. Las únicas esperanzas que tengo, es de que no haya mucha gente en la oficina del inem. Como diría mi abuela, estaría todo mi gozo en un pozo.
Ni siquiera el agua caliente, quizás demasiado, que empapa mi cabeza me aclaran las ideas. El champú que me regaló Ronald huele realmente bien, le encanta mi pelo.
Dónde habré puesto mi abrigo. Son las ocho menos cinco, perderé el bus como no encuentre algo que me proteja de este gélido ambiente. Cogeré el que tengo en la silla de mi cuarto.
Tras cubrir a Ronald con la manta, cojo las llaves de mi cesta granate favorita, llenándome de fuerzas para el largo día que me espera. Comeré en un Italiano con Mamá, le encantan sus suculentos menús.